Marcela necesita 50 pesos diarios para la escuela, su papá gana 60


Mixtla de Altamirano/Ciudad de México, 19 de mayo (SinEmbargo/BlogExpediente).- La comunidad de Axoxohuilco, pertenece a Mixtla de Altamirano, el municipio más pobre de Veracruz; allí los niños son enseñados a curtir su cuerpo en los campos de caña, las niñas contraen matrimonio a temprana edad, todo porque sus padres aseguran que la escuela “sirve para una chingada”.
Con base en información municipal, en Axoxohuilco radican 476 personas, y el 35 por ciento de sus adultos son analfabetas. No obstante, en la punta de un cerro cubierto de árboles de ocote, allá vive Marcela Temoxtle Temoxtle, la única universitaria de quien se tiene registro en la comunidad.

Hija de campesinos y la mayor de cinco hermanos, sus gastos escolares ascienden a unos 50 pesos diarios; su padre gana 60, de vez en cuando. Marcela intenta cubrir esa suma sacrificando almuerzos, erradicando salidas con amigos y limitándose a cuatro cambios de ropa. La joven no sabe cómo es que ha aguantado su familia, sólo espera que las carencias no le arrebaten sus sueños.
Aunado a lo anterior, en el pueblo no es bien vista: las señoras y los chismes de lavadero, aseguran que es una chamaca que sólo va a buscar hombres a Tehuipango. “La verdad, ni en la familia ven con buenos ojos lo que estoy haciendo. Siento feo, pero trato de ignorarlo”, comparte la joven de 18 años.
Marcela no rebasa el metro con 55 centímetros; dueña de una sonrisa blanca e inocente, con ojeras en su rostro, es estudiante de la carrera de Ingeniería de Gestión Empresarial, en el Instituto Superior de Zongolica, campus Tehuipango. Tiene un promedio superior a 9.
Una señorita menuda que come dos veces al día y recorre de lunes a viernes 10 kilómetros, hasta la parada donde toma el transporte colectivo. De cuna humilde, al igual que el subagente municipal y el mismo Rosendo Mayahua Flores, el campesino de 40 años que fue incluido en el libro Los 12 mexicanos más pobres, de la editorial Planeta; la miseria en esos rumbos no es celosa y agarra parejo.
Un buen día, Marcela recopiló cada uno de los consejos de sus maestros, se agarró de los llantos de su madre, afligida por su condición económica y pensó: “No quiero sufrir igual que ella. Sabrá Dios cómo, pero voy a terminar mi carrera y ayudaré a mis hermanitos a superarse”. Y así lo hizo, al día de hoy, está por terminar su segundo semestre; el camino es largo y las carencias duras, pero no se dará por vencida, asegura.
El caso de Marcela es admirable, calificativo que los maestros de la primaria Guadalupe Victoria atribuyen a la niña que vieron crecer en sus aulas. La escuela de muros de madera y techos de lámina es la primera parada en Axoxohuilco. Ahí, tres docentes intentan animar a una treintena de chamacos enteleridos los invitan a bailar y a cantar a olvidarse que no han desayunado.
“Es el problema que tenemos a diario. No culpamos a los padres de familia porque tampoco tienen dinero, pero la mayoría de los alumnos están anémicos. El apoyo que les dan en Prospera, programa federal de asistencia social, no les alcanza. Un niño recibe 250 pesos cada dos meses, eso se les va bien rápido”, comenta la directora del plantel.
En Axoxohuilco, se oferta hasta la secundaria, sin embargo, los números a la hora de las inscripciones son deprimentes. Tan sólo en el presente ciclo se inscribieron 25 niños a sexto grado, de los cuales dos se hartaron y decidieron acompañar a sus padres al campo. Del resto, tres repetirán año. “Así se van desintegrado las generaciones. A lo mucho terminarán diez la secundaria y al bachillerato a lo mucho de cuatro se inscribirán”.
Posterior al panorama oscuro que proporcionan los catedráticos indican el camino para entrevistar a Marcela Temoxtle: “Seguro la va a encontrar; siempre está en su casa o en la escuela”. Luego dan la orden a sus pequeños de ingresar al salón; a quienes se les ve arrastrar los guaraches hasta el aula, sin una pizca de entusiasmo, tallando sus barrigas lombricientas.
Para llegar a la casa de la universitaria es necesario escalar 3 kilómetros boscosos; caminos enlodados donde se dan los árboles de ocote y las ardillas se pasean sobre sus troncos. En la punta del sendero se aprecia la choza de tablones y techo de cartón. Dos perros anuncian la llegada de gente extraña y es como Marcela se asoma; lleva enredada una toalla en el cabello y otra adherida a su cuerpo. Silencia los ladridos y luego se presenta de manera respetuosa.
“Perdone las fachas, pero me estoy arreglando para ir a la escuela”, posteriormente se entera de la intención de la visita y efusiva acepta publicar su historia. La única condición es que la grabación sea en movimiento, pues debe terminar de alistarse y no se lleva con la impuntualidad.
Ya vestida, con un pantalón de mezclilla azul oscuro, camiseta color morada y tenis imitación de la marca Converse, invita a pasar al forastero, mientras ella ordena sus libros conforme al horario y se arregla su cabello lacio que le cuelga hasta debajo de los hombros.
El lugar donde vive no supera los 20 metros cuadrados; como seña particular, los huecos entre las tablas están cubiertos por trabajos escolares y reconocimientos al mérito académico de Marcela y sus hermanos. La joven conserva cada uno de sus libros de texto que ha contestado a lo largo de su carrera y los apila sobre una repisa.
Al fondo del cuarto se aprecian tarimas que cumplen la labor de una cama, ahí descansan abrazados los siete integrantes. De un lado están las herramientas de trabajo de don Adolfo Temoxtle, el papá; unas botas de hule, el azadón y la pala. En el otro rincón está la máquina para moler café y el fogón que ocupa doña Dolores Temoxtle, la mamá para echar las tortillas.
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About Roberto Lemus

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